Un desierto no nace. Se convierte: hablemos de la desertificación

Cuando escuchamos la palabra “desertificación”, lo primero que se nos viene a la mente son imágenes de películas: dunas gigantes de arena, camellos y un sol insoportable. Pensamos que es algo que pasa lejísimos de nosotros. Pero la realidad es otra, y bastante más cercana: un desierto no nace, se convierte.

Lo que hoy es una tierra fértil, verde y llena de cultivos, mañana puede empezar a perder, poco a poco, su capacidad de sostener la vida. La desertificación y la sequía avanzan en un silencio absoluto, como una enfermedad que debilita el suelo sin que nos demos cuenta.

Por eso, en junio el mundo se detiene a hablar de este tema. Pero en la Comunidad Planeta Azul no nos quedamos solo en el diagnóstico; queremos entender el problema para saber cómo podemos levantar las manos y ayudar a que la vida siga creciendo mañana.

¿Qué es realmente la desertificación? 

Para ponerlo en palabras sencillas: la desertificación no es que el desierto se esté expandiendo como si fuera una mancha de aceite. Es, en realidad, la muerte del suelo. Ocurre cuando la tierra de las zonas secas se degrada por completo debido a dos grandes razones: las actividades humanas y los cambios en el clima.

Cuando sobreexplotamos la tierra con ganadería intensiva, cuando talamos los bosques que protegen el suelo o cuando usamos químicos agresivos para la agricultura, le estamos quitando al suelo su “capa protectora”. Sin árboles ni plantas, el viento y la lluvia se llevan los nutrientes, el sol evapora el agua y la tierra se vuelve dura, seca e infértil. Es un proceso silencioso que transforma paisajes vivos en lugares donde ya nada puede crecer.

La sequía: cuando la sed se vuelve constante

La sequía es la otra cara de la moneda. No es simplemente “que no llueva un fin de semana”; es cuando la falta de agua se prolonga tanto que empieza a afectar los ríos, los cultivos y el abastecimiento de comunidades enteras.

En Colombia, aunque somos un país bendecido por el agua, muchas de nuestras regiones ya sienten los golpes de las sequías prolongadas debido al cambio climático. Y aquí viene la conexión vital: un suelo degradado y sin árboles no tiene la capacidad de retener el agua cuando por fin llueve. En lugar de absorberla como una esponja, el agua corre de largo, causando erosión y dejando la tierra igual de sedienta.

Cuidar la tierra es asegurar el futuro

Entender las causas de este fenómeno es el primer paso para proteger los recursos que hacen posible la vida. La buena noticia es que, así como nosotros los humanos somos parte del problema, también somos la solución.

¿Cómo ayudamos a frenar este proceso desde nuestro metro cuadrado?

  • Cuidando los árboles y las zonas verdes: Las raíces de las plantas son el pegamento del suelo; mantienen la tierra unida y ayudan a que el agua se filtre al subsuelo.
  • Apoyando el consumo local y sostenible: Preferir alimentos que vengan de prácticas agrícolas conscientes, que respeten los ciclos de la tierra y no abusen de los químicos.
  • Haciendo un uso sagrado del agua: Cada gota que ahorramos en casa alivia la presión sobre los ecosistemas que están sufriendo por la sequía.

Proteger la tierra hoy es la única garantía de que las futuras generaciones tengan comida, agua limpia y paisajes verdes. No dejemos que el silencio nos gane la batalla. Pasemos al “Modo Acción” también por nuestros suelos.

Si lideras un proyecto que protege el agua, los ecosistemas o la biodiversidad, recuerda que ya estamos en inscripciones para el Premio Planeta Azul. ¡Inscríbete ahora!

Desde 1993 el Banco de Occidente ha venido demostrando su interés por la defensa y divulgación de los recursos ecológicos de nuestro país.

Este premio es un justo homenaje a todos aquellos que, defendiendo y protegiendo el Medio Ambiente, luchan por un futuro mejor para nuestra Nación.

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